Reflejos II (2022)

 

Qué rebeldes pueden llegar a ser los reflejos. Alteran su forma como quien cambia de disfraz, sin importarles las repercusiones. Confieso que me fascina su capacidad de estirar y contraer los músculos de la cara para crear nuevas máscaras, la pérdida y ganancia de peso equiparable al neumático que se infla con el compresor o los injertos en las cuerdas vocales para modular la voz. Hay quien me tacha de loco, pero es que no me entienden. He hablado tantas veces con ellos y me han contado tantas historias…, como la del viudo que olvidó su rostro en la parada del autobús.

Nos habíamos escapado de la residencia. A decir verdad, lo seguí porque no tenía elección y porque era el único que podía cuidarlo. Con su sombrero de gala, su bata de terciopelo, sus pantuflas y un maletín lleno de mudas limpias pasamos desapercibidos por el pasillo de cristaleras. Se volteó para mirarme en los ojos de su compañera de celda quien lo saludaba en una silla de ruedas. Se intercambiaron en el aire un par de besos prohibidos, como quinceañeros que descubren el placer de la carne, y, antes de que el cuidador se percatase de su ausencia, se apresuró al trote hasta la marquesina más cercana.

«Por fin me atreví a dar el paso». Salieron por mi boca sus palabras. Nos ajustamos el cinturón, dimos un par de vueltas sobre nuestro eje, nos atusamos los bigotes… La mente que había articulado el plan de fuga se quedó en blanco. No sabía cómo proceder. Supuse —pensaba mirándonos mutuamente— que pillaría el primer bus que pasase, aunque no llevaba suelto encima. Pese a ello, estoy seguro de que alguien se lo pagaría por la lástima que provoca un hombre mayor desorientado y en bata. Eso en el mejor de los casos; de lo contrario volveríamos a la residencia, pues ninguno de los dos estábamos hechos para la dura vida de la calle. Éramos señoritos que vivían del campo —no de cultivarlo, nosotros solo recaudábamos lo que otros cosechaban, de esas familias con una legión de criados, coches de alta gama y vajilla de plata. Lo nuestro no era la mendicidad, sino el caviar y el champán. Aunque en la residencia nos tratasen como a críos y nos atiborrasen a potitos de frutas, confieso que no se estaba tan mal. Mi dueño tenía una cama, un cuidador que hacía las veces de mayordomo, pasatiempos como el parchís, el dominó, la petanca o la televisión, y a nuestra dulce amada. Incontables veces se perdió en su mirada, incontables veces se perdió por los pasillos.

Lo mejor de mi trabajo es la posibilidad de transformarme en el recuerdo que yo elija. Un poco vil por mi parte hacerle tal jugarreta al pobre hombre, pero era eso o pudrirme de aburrimiento en la torre. Tiene cinco hijos (reconocidos), que ni se han molestado en visitarlo de higos a brevas. Pero dejemos clara una cosa: los reflejos de sus familiares no tienen ningún tipo de parentesco conmigo, como mucho el de dos camareros del mismo restaurante. Ha ocupado su tiempo de jubilado en pasear por el campo y juntar un ramo de multitud de florecillas —así llama a los cardos que tienen un pie, o una rueda, en la tumba—. Todo sea dicho, el sombrero de galán siempre ha sido su aliado. En resumidas cuentas, no ha dado un palo al agua y ha vivido, a ojos del mundo, como Dios manda.

No saben lo mucho que esa fachada me irrita. Sé mejor que nadie cómo se comporta en la intimidad y las barbaridades que ha dicho delante de mí. Recuerdo una vez, en los aseos de un anfiteatro al que fuimos engalanados, que entró hecho una fiera gritando a los presentes que se largaran —yo lo interpreté lo mejor que supe en aquel momento, aunque, como el actor veterano que soy ahora, percibo en la distancia mis errores de principiante—. Sus urgencias no admitían espera. Todos huyeron despavoridos, salvo quien se hallaba en plena faena. Error garrafal el no haber echado el pestillo. Al escuchar mi dueño el plop del proyectil que el infeliz acababa de lanzar, lo sacó a patadas tal y como su madre lo trajo al mundo: con el culo en pompa. Nos encerramos, nos pasamos una toalla humedecida por la nuca y me miró entre lágrimas. Cerró los ojos cabizbajo. Me quedé mirándolo. Si en ese momento hubiese alzado la vista, habría palidecido de horror. «¡Mi reflejo tiene vida!». Habría gritado arrancándose los pelos. Por suerte no pasó. Vi a un hombre frágil y derrotado, consumido por el desgaste que su propia furia le generaba. Quizá no he sido justo al afirmar que vivió a cuerpo de rey. Entiéndanme, estoy enfadado por haberme obligado a actuar como un sátrapa. Tengo mis valores, escasos, pero suficientes. Cuando se me pasa el malhumor, lo compadezco: sus hijos le han retirado la palabra porque es un ogro; ha estado con infinidad de mujeres y alardeado de su virilidad, pero hace unos años se le vino el mundo encima cuando el médico le comunicó lo de su enfermedad degenerativa incurable.

Frente al espejo del aseo de un anfiteatro, que ahora ni existirá, sonrió al verme. Un reflejo es un actor que lleva consigo lo esencial para improvisar; tengo a mi lado máscaras de vidas pasadas que uso por rencor y por pena. La que me puse le iluminó el rostro de tal manera que casi se me abalanza para besarme. Estuvimos conversando un buen rato. Me contó su vida —la conocía a la perfección— y yo improvisé una. De pronto, todo se desmoronó cuando los de seguridad echaron la puerta abajo. Me arranqué la máscara de cuajo y nos llevaron a rastras hasta la calle. El anciano buscaba en los charcos un viejo recuerdo, pero me encontró a mí al natural.

Me siento omnipresente al contemplarlo sentado en el banco de la marquesina desde todos los ángulos imaginables. El izquierdo, sin lugar a dudas, es su perfil más favorecedor. Tiene un irresistible lunar junto al bigote que le da ese toque señorial del que siempre presume. Hemos vivido tantas cosas juntos que quizá sea el momento de que tú subas al autobús con destino incierto y yo deje los escenarios ad aeternum. ¿Cómo será la vida sin dueño? Imagino los muros de cristal cayendo por su propio peso para permitirme contemplar directamente la luz del sol y no su reflejo. ¿Cómo será tu vida sin mí? Te cortarías al afeitarte. Siempre has sido un manazas que has necesitado de mi ayuda. No te verías llorar, ni sufrir, ni palidecer. Quizá hasta erradiques los sufrimientos de tu vida. Aunque tampoco te verás sonreír reflejado al otro lado. Es desesperante que yo deba tomar la decisión, mientras vives ajeno a los problemas que me generas. Miras de un lado a otro como si no supieses quién eres o qué haces ahí. Ya ni en mí te reconoces. Te mueves mecánicamente como el resorte del reloj programado para dar la hora exacta. Huelo tu miedo mezclado con la suciedad del pañal.

Se detiene en la parada el autobús con destino a ninguna parte y mi dueño se encara a la puerta de cristal, intuyendo el reflejo de un viejo recuerdo que huye, pero que de inmediato se borra de su memoria.


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