The Scout, de Paula Andrea Gonzalez-Nasser: "El susurro de las paredes"
Quizá sea un morboso fetichismo el que me carcome tras ver la película, pero confieso que The Scout, de la directora Paula Andrea Gonzalez-Nasser, me ha cautivado de tal manera que sobrepasa lo extrasensorial; hasta el punto de plantearme con seriedad si debería abrazar las paredes de mi casa.
La obra sigue los pasos de Sofia (Mimi Dávila), la localizadora de una productora que está buscando escenarios para una serie que se va a rodar. Su trabajo consiste en contactar con los dueños de las casas y, con permiso de los propietarios, echar fotos de las habitaciones para luego pasárselas al equipo. Esto generará curiosos encuentros con los inquilinos de las viviendas, mientras vemos a una Sofia que ha de lidiar con el estrés de su trabajo y de su caótica vida.
The Scout plantea un dilema interesante al que hemos de prestarle atención: ¿dónde ponemos el límite al espacio personal? En un principio, pudiese parecer que alguien que entre en tu casa, en el templo de tu tranquilidad, para tomar fotos y juzgar —pues toda mirada, al ser única, se detiene en lo atractivo y escapa de lo grotesco— fuese algo desagradable, algo incómodo, si acaso. Y, si bien es cierto que esa sensación permanece en todo momento, pronto se sustituye por una ternura propia de un invitado al que llevabas siglos sin ver.
Sofia se convierte en una más del hogar, en alguien que pasea por los pasillos de la casa, rebuscando entre las grietas de las paredes y en las historias de sus huéspedes. Personajes tan variopintos como una señora mayor que habla de sus dos hijos, quienes viven al otro lado del charco; de una antigua amiga con la que se topa de casualidad; de un programador informático que no para de tirarle los tejos; de un vendedor de peces que la invita a cenar… Historias que se transforman en un caleidoscopio de miradas y susurros que conviven a duras penas con la situación personal de la protagonista, alguien que siente que la vida se le escapa entre los dedos, alguien que sabe que el tiempo corre y ella solo toma fotos de casas ajenas, de vidas efímeras que pronto serán polvo.
Otro punto llamativo es la importancia de que la protagonista de la historia sea una mujer. Se ve el oficio desde otra perspectiva, pues aparecen situaciones, como las antes mencionadas, en las que ella ha de aceptar con la cabeza gacha quedar para cenar con un tipo para poder echarle fotos a una tienda, o ignorar comentarios subidos de tono por parte de un padre cuya criatura no deja de llorar reclamando atención. De igual forma, se muestra la soberbia de muchos equipos de dirección: personas que viven tan enajenadas del entorno en el que trabajan que, simple y llanamente, entran a las casas ajenas señalando y denigrando el espacio incluso frente a sus propietarios.
La forma contemplativa, a través de planos largos y muy abiertos, primando el espacio por encima de los personajes, ayuda a generar esta sensación de amplitud arquitectónica, como si el público per se acompañase a localizar a nuestra protagonista, como si nosotros también mirásemos a través de una óptica para captar los rincones llamativos de las casas.
Si bien The Scout propone un tema interesante sobre el que hablar y se lanza a la aventura de indagar en el trabajo de localizador —algo que tiene mucho que ver con la propia biografía de la directora—, puede llegar a resultar lenta en ciertos momentos, con historias que, salvo un par de casos, parecen no tener gracia ninguna —algo que quizá pueda justificarse por el hecho verídico de que no todas las anécdotas son curiosas o impactantes.
Si son de un cine más cercano a lo sensorial, pueden probar a ver qué tal; si gustan, como es mi caso, de todo aquello que huela a cotilleo y a violar la privacidad del hogar de las personas, adelante; y si simplemente aman el cine, y más que cinéfilos son cinéfagos, denle un bocado.
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