Reflejos I (2022)

El presente cuento, escrito en 2022, ha sido dividido en cuatro partes para su lectura. Disfruten. Me gustaría mostrarles los reflejos de mis vidas pasadas: He sido hombre y mujer, también el llanto del recién nacido y el olvido del que ya se fue.
Me recuerdan a nosotros, seres viciosos y mezquinos, alegres a ratos y cotillas todo el tiempo, que tienen por único entretenimiento la vida de su dueño. Muchos nos odian. Lo comprendo. Los hemos mutilado hasta privarles de las delicias del mundo corpóreo, de su propia existencia. Estamos cosidos a ellos como la sombra a la planta de los pies, aunque algunos, los más diestros, han logrado escaparse...
Viven emparedados tras la pantalla del móvil con la alarma activada, tras el espejo del cuarto de baño, el cuchillo que pela la manzana, el pomo de la puerta, la charca que pisas sin darte cuenta, las gafas mugrientas del taxista, el menú plastificado con las babas del cabrón que comió antes, tras la sopa que se enfría, la cara invisible de la alianza escondida, la visa dorada, el estanque al que fuisteis, el capó de su coche, el retrovisor, la mirada del amante y la ventana con vaho del dormitorio.

Despiertan con los rayos del sol que atraviesan la torre de cristales fragmentados. Vagan por las grietas de las paredes o suben y bajan centenares de peldaños por tal de hallar la altura adecuada. Una vez listos, se abre la cortina y los reflejos nos imitan. No siempre han de actuar, pongo como ejemplo, esos días grises en los que uno no se apetece ver, ni siquiera en los ojos de tu perro. En esos momentos las fuerzas te vencen y te lanzas al abrazo de la almohada vestida de lágrimas Disfruta ese momento, disfrútate aunque sea un segundo y permítete respirar del mundo. Solo entonces pueden descansar. Los telones bajan y se quedan agazapados en una pequeña luz que gravita. Se tumban en el descansillo y cuentan los minutos, las horas y —en el peor de los casos— los días hasta que la función se reanuda. No logro comprender cómo no han enloquecido, al quedar a expensas del movimiento ajeno. Para mí representa un enigma indescifrable.

Nuestra primera historia da forma al odio que nos tragamos, al miedo a la balanza y al asco que sentimos al vernos frente al espejo. Al igual que en el resto de reflejos, resulta indiferente la ubicación espacio-temporal; en este caso, solo importa ella

«Nunca he sido la niña bonita de mis padres». Me lo ha hecho repetir hasta la saciedad, pronunciando cada palabra entre suspiros. Nada más levantarse se queda inmóvil frente al espejo, contemplando el paso del tiempo en mi rostro. Las bolsas hinchadas que se apilan bajo los ojos, las arrugas que enmascaran la auténtica edad y la piel pálida vestida de luto. Sueñas con hacerte unos retoques, perfilar la nariz, subir el mentón, engrosar esos labios, pero te sentirías culpable, porque ni tu moral ni tu cartera te lo permiten. La silueta de tu cuerpo se desborda y te enredas en la pesadilla.

¿Por qué nos haces esto? ¿Por qué tanto dolor innecesario? Lo pienso cuando nos mordemos el puño para que no nos oigan llorar. Tantas veces te recuerdo lo solas que estamos: tú en tu lucha por alcanzar la felicidad y yo en esta celda de cristal. Lo intuyes. Si pudieses confiar en mí, la única que te escucha y comprende tus rabietas, ambas podríamos sanar. La cruda realidad es que ni tú te abrirás, ni yo te hablaré; las dos continuaremos representado el papel que nos has asignado.

Tu malestar contigo misma, tus traumas de la infancia y tus ganas de izar bandera blanca me han llevado a una gula desenfrenada. Podría haber sido el tabaco, la droga o la bebida, pero eché mano a la bollería industrial. No hago más que pensar en las ganas de hincarle el diente a un chuletón embadurnado de miel, engullir los pasteles del escaparate o sumergirme en aceite hirviendo para arrancarme a mordiscos la piel frita. Sudo zumo de naranja (de bote), mis lágrimas saben a bebidas energéticas y por mis venas corre el azúcar de los refrescos. Mi pelo era una generosa ración de espaguetis a la carbonara, hasta que me entró el apetito y se quedó en una simple tapa. Las lorzas se amontonan empujándose entre ellas para coger unas bocanadas: ¡Aire, necesito aire! Los hongos que crecen en mis plantas los he cocinado para hacerme un revuelto de setas y antes de que se me pase el arroz he lamido la paellera.

La comida calma el recuerdo de tu mirada inquisitiva. Nos desnudamos mientras alardeas de tu fina cintura, de tus pechos desinflados, de tus jugosas costillas, de tus muslos sin carne… ¿Ahora se te comió la lengua el reflejo? Tu mirada está muerta como el hedor que desprendes. Deberías sonreír al ver lo que no eres, pero sigues vomitando con la puerta cerrada y el grifo abierto.

Me ruge la barriga. Me duele el corazón. Han pasado demasiados días sin saber nada de ella. El tocino de cielo que caía desde lo más alto de la torre era lo único que me hacía feliz. Ahora me alimento de los marcos de los cristales, de las baldosas pintadas con figuras geométricas y de los peldaños y las barandillas de la escalera. Le he cogido el punto, forzosamente, al sabor de la madera. Me obligo a pensar que las astillas son patatas fritas y que los trozos de vidrio parecen escamas del lenguado a la plancha. Lo que daría por una copa de helado, por un buffet libre, por dejar de odiarnos.

Un día amaneciste al lado de una presencia femenina que te dijo mirándome: «Saldremos juntas de esto». Percibido a través de ti, su tono era una mezcla de ternura y confianza en nosotras. Me equivoqué. No estamos solas, al fin y al cabo.

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