Rebuilding, de Max Walker-Silverman: "El cowboy que llora"
El cowboy que llora
Pensar en el wéstern como género cinematográfico nos lleva a rememorar los grandes clásicos de John Ford, como La diligencia (1939), Río Grande (1950) o Centauros del desierto (1956); Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray; o Solo ante el peligro (1952), de Fred Zinnemann. Incluso, si avanzamos en la historia del cine, encontraremos intentos por resignificar el wéstern clásico estadounidense, como la “trilogía del dólar” de Sergio Leone o Django (1966), de Sergio Corbucci, y, cómo no, El halcón y la presa (1966), de Sergio Sollima.
Pero en una época en la que pareciese que el wéstern hubiese muerto o hubiese dado sus últimos coletazos de la mano de Clint Eastwood —un señor de 95 años aún aferrado a la silla del director—, han aparecido en los últimos tiempos miradas que intentan revertir la imagen varonil y heroica que muchas veces planteaba el propio género. Se ha querido subvertir el mito fundacional de Estados Unidos llevándolo a narrar la historia desde perspectivas que durante mucho tiempo estuvieron excluidas: la mujer, la homosexualidad, los nativos americanos, etc. He aquí el caso de Kelly Reichardt con First Cow (2019) o Meek’s Cutoff (2010), y Viggo Mortensen con Hasta el fin del mundo (2023). Siguiendo esta vertiente propia del llamado neowéstern, parte Rebuilding, de Max Walker-Silverman.
Rebuilding sigue los pasos de Dusty (Josh O’Connor), un ranchero que lo ha perdido todo tras el incendio que arrasó miles de hectáreas de la zona. La FEMA lo traslada a un camping, donde encontrará una minúscula comunidad afectada por los daños de la catástrofe. De la mano de su hija, tendrá que luchar para lidiar con la situación, sin perder de vista su objetivo principal: reconstruir su hogar.
Algo interesante que tan solo los espectadores que vieron la película durante el Americana Film Fest pudieron experimentar es que el propio director, antes de que se proyectase la película, mandó un vídeo agradeciendo al público que fuese a verla. Hubo, sin embargo, un comentario que hizo que la gente ovacionase. Parafraseando al director, comentó que Rebuilding era una obra que pretendía traer calma en tiempos de tanto ruido y señaló a España como un baluarte en la lucha antifascista contra su dictador —en efecto, llamó a Trump dictador y todos aplaudimos—. Somos humanos: antes incluso de entrar, saber que el protagonista era Josh O’Connor ya es un punto muy atractivo para promocionar la película; luego, ya sentado en la butaca, el director dice tales palabras y, por tanto, no hace más que aumentar las expectativas de lo que estás a punto de ver.
Algo maravilloso, sin lugar a dudas, de la obra es el diálogo que mantiene, de forma sutil pero constante, con películas como Paris, Texas (1984), de Wim Wenders, y Nomadland (2020), de Chloé Zhao. Más que por el propio viaje en sí —pues en el caso de Dusty el camino es interno—, lo hace por sus grandes espacios que muestran a la América profunda: valles de encanto, cielos a punto de romperse en mil pedazos, acantilados que se sienten como el fin del mundo, las grietas del desierto imitando las heridas en los labios… Cuadros, en definitiva, hermosos y dolorosos que se sienten en cada pestañeo. También habría que destacar, a modo de curiosidad cinéfila, el paralelismo existente entre el comienzo de Rebuilding y el documental de Werner Herzog, How Much Wood Would a Woodchuck Chuck (1976).
Pero, por encima incluso de su fascinante fotografía y de un tempo que sabe jugar a la perfección entre la acción narratológica y la contemplación filosófica, lo más destacable es la actuación de Josh O’Connor o, más bien, lo que gracias a su talento como actor consigue representar con su personaje: el cowboy que llora, el cowboy que sueña, el cowboy sensible. Y eso me ganó desde el minuto cero. No hay armas, no hay guerras, no hay Séptimo de Caballería; solo un hombre que ha de enfrentarse a una situación de mierda. Los enemigos no son los nativos, es la propia América, es el cambio climático, es el fuego que ha devorado su hogar, pero que no ha conseguido destruir sus recuerdos.
Rebuilding demuestra que algo en el pensamiento colectivo ha cambiado, que los hombres con pistola ya no infunden respeto, sino miedo; que el cowboy también siente, llora y ama. Pero no ama desde la posesión ni la obsesión, ama desde un huequito de su corazón que lo revitaliza. El cine —el arte en general— tiene esa misión, ha de apoyar todo cambio social, estar en la vanguardia del progreso, subvertir los cánones preestablecidos, ya sea en la América profunda o en la España actual.
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