Reflejos III (2022)
Qué desperdicio de ojos para alguien que puede y no quiere ver, ¿o es al revés? Perlas acarameladas, astros que giran sin despegar de sus órbitas, manjar para unos, la perdición para otros. Aún noto el regusto a retina chamuscada de aquella historia del hombre que soñó su retrato.
Tu juvenil mirada ascética se cubrió, sin que te dieras cuenta, de un velo opaco que no te impidió graduarte, enamorar a la aprendiz de veterinaria, llevar a caballito a tu hijo y leer en tu mano la historia de vuestra vida. He tenido la suerte de verte crecer, pero mi fortuna ha sido tu maldición. El día del reparto cambiaron las cartas de la mesa: A mí me pidieron que te susurrase al oído el mundo exterior y a ti que lo disfrutases por mí. Te conozco mejor que tu esposa, mejor que nadie. He presenciado las conversaciones conyugales en las que rompías a llorar y le pedías que te describiese una y otra vez. Estaba tan harta de hablar que cogió tu mano y la soltó en el arroyo que bajaba por las colinas hasta enredarse con las algas del mar. Las verdes llanuras, que para ti no eran más que desérticos grises, se anudaban en su cintura. La abrazabas por miedo a que te abandonase en la oscuridad. Era la primera en caer rendida, pero tú seguías aferrado a sus muslos. Te empeñabas en que respirara por ti, que suspirara por ti. Posaste de nuevo tu cabeza en su vientre cálido y quisiste despertar.
Te protejo desde la alianza del dedo entumecido. Soy el prisma que refracta tu luz, el pícaro que atiende al desfavorecido, el grillo con sombrero que custodia tu corazón, el trueno que irrumpe en mitad de la noche, el escudero bonachón, el paño de lágrimas que usas a tu antojo, el reflejo que jamás verás.
Admiro, mordiéndome el labio, nuestro rostro cincelado en mármol y el pecho mullido reforzado con acero, pero me contengo las ganas de romper las cadenas y abalanzarme a tus brazos. Me basta con tenerte para mí escasos momentos del día: Bañarnos juntos es un éxtasis constante al rozar tu piel envuelto en gotas y recorrer tu cuerpo una a una. Sales empapado y te frotas pensando en mí. Ardes de pasión por verme, lo siento.
Os habéis vuelto a pelear por su culpa, por su maldita culpa. Ojalá estuviera al otro lado para consolarte y decirte que te amo; para acariciar la higuera de tu rostro y pulirla a besos. Te encierras en el único lugar donde podemos estar solos y me buscas entre las tinieblas siguiendo mi consejo. Te digo que abras el grifo para que nadie nos escuche, que te pegues al cristal y abras bien los ojos. Ahí estás, rendido a mi pies. Tus labios color cereza se apoyan en el espejo queriendo agrietar el muro de la torre. Te imito desde el otro lado notando el calor que derrite el hielo. ¡Sigue y no pares! Pero corta el agua…
La voz de su mujer retumba por la torre. Le suplica que la perdone, que quiere hablar con él, que lo ama, que bla bla bla. Me mira perdido y le aconsejo que la ignore. Cuando parecía que iba a seguir conmigo, se da la media vuelta contando los pasos y se besan al abrir la puerta. Aquella noche hubo cama, pero bajé las persianas para dejarlos a oscuras. No quise ver sus caras lascivas, ni oler sus cuerpos sudorosos, ni mucho menos escuchar sus gritos de orgasmo. Me había roto el corazón pese a todos mis desvelos: afeitarme a diario, hacer rigurosamente los ejercicios de cardio, teñirme el pelo de ocre oscuro, vestir las marcas más exclusivas, hacerme la pedicura y echarme todo tipo de potingues para estar de buen ver. Por desgracia nunca te percataste de ello y no sabes que por mí conseguiste engatusar a los profesores para que te aprobasen, por mí tu superficial esposa se enamoró de ti, por mí fuiste capaz de dejarla encinta, por mí existes. Tendrías que haber sido mi reflejo y no viceversa.
En la bañera apoyas la cabeza sobre el borde de cerámica. ¿Te arrepientes de lo que acabas de hacer? Te lo pregunto porque no he dormido pensando en ti y necesito que me digas la verdad ahora que estamos solos.
«A ti y solo a ti debo mi vida; a ti y solo a ti debo mi amor». Repetimos a la vez.
Rompí las cadenas de mi castigo logrando sacar los brazos del agua. Los cogiste y besaste con delicadeza. Lamiste dedo por dedo haciéndome cosquillas con la punta de la lengua. Ahora yo era el ciego que necesitaba guía. Bajamos nuestras manos hasta hacerlas desaparecer. Te pedí que sumergieses la cabeza en el agua para hundirte en la torre de cristal... y lo hiciste.
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