Reflejos IV (2022)

 Amanecer junto a la persona equivocada es duro. Conoce tus debilidades aunque le ocultes tus secretos. Una vida en la que eres presa del miedo no puede llamarse vida. El siguiente relato es el grito de un reflejo en ayuda de su ama.

Pasamos la plancha imaginando que tocas el violín. Te encuentras en la Filarmónica de Praga con tus antiguos compañeros del conservatorio. Llevas un hermoso vestido negro de lentejuelas y la melena que ahora recoges con un moño te cubre los pechos. Entra el director de orquesta —gordo, peludo, mujeriego— y alza su diminuta batuta. Suena el timbal —los golpes que te propina en la cara—, los platillos —que le sirves y lavas—, la tuba —su voz grave que te arranca una arcada—, la trompeta —la bocina de su coche—, la flauta travesera —la aguja con la que coses el mono de trabajo—, el arpa —las veces que te tocas en su ausencia—, la viola…

Tu solo se ve interrumpido por el olor a quemado y vuelves en ti para desenchufar la plancha rápido. La marca ha quedado grabada como la cicatriz que ocultas bajo la manga. Piensas en tirar la camisa por la ventana y que se la lleve el viento, pero es su favorita. ¿Me miras buscando aprobación o cuentas los segundos que tardaríamos en llegar al suelo? Te acobardas y la doblas como si no hubiese pasado nada. La guardas debajo del montón de camisas y rezas por que coja la que primero vea.

Regresas a tus labores de ama de casa mientras te acompaño para desempolvar los cuadros de los estantes. «Era solo una cría ingenua» Dije por ti. No sabes por qué aún tienes expuestas esas fotos, si cada vez que te fijas en ellas te entran ganas de llorar. Quizá representen el único vínculo con la infancia, con aquella niña pequeña que jugaba en las calles de la ciudad bohemia saltando a la comba o al escondite. Era la mejor buscadora, sabía siempre dónde mirar. Aunque la intuición le falló una vez. En su adolescencia conoció a un joven de marcado acento extranjero, detalle que encontró irresistible. A mí siempre me pareció un caradura que lo único que quería era aprovecharse de ella. En la primera cita se propasó sin que ella le hubiera dado permiso, pero la seguridad con la que le afirmó que lo había incitado, la dejó perpleja y sin reacción, de manera que acabó culpándose a sí misma. La hizo sentir débil, insegura. La aisló de su familia y le pidió que lo acompañase a su país natal, abandonando amigos y la carrera. Aceptó. «Tonta, tonta, tonta, más que tonta». Le salió de mi boca. Al poco de casados, la realidad la golpeó de lleno. Los ataques de ira de su marido, sumados a sus cada vez más frecuentes borracheras hicieron de su vida una pesadilla. Se enteró de sus infidelidades —y del resto de actos deleznables que no se atrevió ni a verbalizar— pero, si hacía acopio del valor suficiente como para echarle algo en cara, él le respondía con un guantazo justificando su comportamiento por el deseo de un hijo que ella no le daba. No era estéril, pero abortaba a escondidas, sin recurrir jamás a un especialista, sino por su cuenta y riesgo: métodos caseros, autolesiones, estrés. No podía permitirse traer un niño a su infierno y mentirle a la cara cuando le preguntase por el sentido de la vida. Porque ella no se lo veía.

—¡Te estás muriendo! —espetó ella con lágrimas en los ojos—. ¿Acaso eso no te importa, tu propia vida?

—Siempre te contemplaba desde la distancia por miedo a defraudarte, pero aquí, a ras del suelo, sintiendo el césped con el rocío de la mañana corriendo por mis hojas, me pareces un mar inmenso. Te veo tal y como eres, sin necesidad de tesoros marinos. Solo tus ojos y los míos.

En la soledad de sus miradas, un estruendo quebró el silencio. Se escuchó desde palacio un desgarro de corteza y un crujir de vértebras. Yacía sobre el césped el cuerpo aún con vida del árbol.

—Deja caer tu última hoja —pidió la laguna—, bésame con ella y abrázame con tus ramas.

En la soledad de sus labios, la hoja flotó por el agua.

En la soledad de sus cuerpos, hundió una de sus manos hasta alcanzar su corazón.

El pájaro azulado no abandonó a su amigo y observó al pececito hundir la última hoja del otoño y custodiarla bajo el yelmo en el que se escondía, ahora abrazado por ramas.

La laguna, acongojada por lo sucedido, le habló al pájaro:

—Necesito tu ayuda para enmendar un gran error.

—¿Qué pretendes hacer? —inquirió el pájaro intrigado.

—Sentir la luz de un viejo amigo. Acércame una de sus raíces y comprenderás.

El pájaro revoloteó y se aferró a una de las que reposaban en la superficie. Su titánico esfuerzo dio resultado. Dejó caer la arteria para que la laguna le insuflase vida. El nivel del agua bajaba drásticamente. Primero la cota de malla, luego la espada, los montones de gemas y piezas de oro, hasta llegar al yelmo enraizado.

—¡Funciona! —gritó el pájaro al ver que un diminuto tallo emergía del tronco astillado—, pero aguarda, ¿qué será de ti?

—Nunca me percaté de que la luz del sol se filtraba por los claros de su copa, de que su sombra me protegía cuando yo no miraba. Ansié tanto ver más allá que olvidé mirarlo a él. Me acostumbré a su presencia, tanto, que se convirtió en parte del paisaje. Siento que mis aguas se congelan aun siendo de día. Él me regaló la vida, yo haré lo mismo por él.

Las últimas gotas de agua abandonaron la laguna y, con ellas, alzó el vuelo el pececito, dejando bien protegida la última hoja de otoño. A lo lejos, desde el balcón del palacio, se vio un pez volador surcando los mares estrellados en compañía de un pájaro azulado. Y en la tierra, un hoyo seco y agrietado junto a un tocón con una brizna de esperanza. 

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