Ran, de Akira Kurosawa: "Saturno devorando a sus hijos"

Perdonar es tolerar las huellas que nos han marcado. 


El clan Ichimonji, liderado por el Gran Señor Hidetora, se ve arrastrado hacia un destino trágico tras una decisión que parece haber sido meditada. Pretende retirarse del poder y ceder sus cargos a sus tres hijos. Cada uno gobernará un castillo, pero será el primogénito, Taro, quien herede el mando del clan. 


Kurosawa inmortaliza este tránsito con una imagen que condensa la fragilidad de la unidad familiar. Hidetora, a modo de reto, entrega una flecha a sus hijos para que la rompan, algo que hacen con facilidad; después, les da tres, pero es imposible quebrarlas cuando permanecen unidas. La metáfora parece clara, salvo por un matiz crucial, Saburo, el hijo menor y más osado, logra romperlas. Es un gesto que anticipa la fractura irreparable que vendrá con posterioridad. 


Desde ese momento, la familia se divide en cuatro cabezas: el padre y sus tres hijos, todos cargados de rencores antiguos, de silencios enquistados que el tiempo transformó en odio. Kurosawa los sumerge en un torbellino de violencia donde la sangre impregna la pantalla de un rojo abrasador, contrastado con el amarillo devorado por las llamas y, finalmente, sometido bajo la opresión de un cielo gris y nublado. La psicología del color en "Ran" sustituye a las palabras, pues no hacen falta diálogos para entender la decadencia de una dinastía marcada por la crueldad y el resentimiento. 


Hidetora es, al final, otra víctima de su propio reino del terror. Un padre que, tras cincuenta años de absurda tiranía, busca un perdón que nunca llegará. Su caída en la locura es inevitable, ya que la realidad pesa demasiado, y el precio de sus actos lo devora, como Saturno a sus hijos, en un ciclo de violencia que no deja espacio para la redención.

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