Ida, de Paweł Pawlikowski: "Dios murió entre tus piernas"

Quizá la magia de la madrugada, o el cansancio acumulado, convierta mis ganas de morderme la lengua en una desmesurada osadía para intentar buscarle palabras a una película donde el silencio grita auxilio y las miradas quiebran la pantalla.  

Frente al telón rojo que tapa la Polonia de posguerra, le fe se yergue como una posible respuesta al vacío existencial, provocado por la hidra con forma de esvástica. Los dientes del fanatismo se clavaron en la tierra, formando cunetas donde en vez de semillas se plantaron cadáveres. La película intenta seguir el rastro de uno de esos colmillos podridos, con la esperanza de encontrar la zanja donde están enterrados los padres de Ida.

La cámara disecciona la psique de los personajes, colocándose en puntos medidos con escuadra y cartabón (a veces asfixiando el exceso de perfección a lo que están sometidos), para remarcar su insignificancia. El espacio negativo nace desde la opresión a la que viven sometidos, pero ante tal situación, las esquinas se vuelven un canto a la liberta individual en disputa con un régimen colectivista y una religión que mueve kilométricos ganados. De tal modo, los planos se vuelven centrífugos, dejando limpio el centro de toda distracción y permitiéndonos correr sin miedo por los ángulos del cuadro. 

La contención a la que vive sometida Ida (interpretada por una magnífica Agata Trzebuchowska) se da por partida doble, pues arriba está Dios y arriba está el Estado, y quienes pisan el mundanal suelo, son sus vasallos. Ella, una joven novicia que acaba de enterarse de que era judía, rompe con todo lo preestablecido, porque su rostro es la imagen de millones de personas cuyos nombres fueron arrebatados, cuyas identidades se vieron moldeadas por sistemas que no creían en la voluntad y el instinto propio, cuyas vidas se convirtieron en un número de serie... Ida se abre en canal para romper con todo, para acabar con todos, pues necesita que el silencio gima de placer y que las manos de Cristo y del Dictador, acaricien sus muslos, besen sus labios y les susurren: "Me postro ante ti". 

Ida observa sin juzgar, pues su mirada es pura, inocente y eso nos hierve la sangre, porque nos enfrenta a nuestro pozo personal de alquitrán, a nuestras zanjas a la intemperie, a nuestros miedos descosidos. Su larga caminata no es más que el comienzo del despertar personal.    

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