Raw, de Julia Ducournau: "Riñón de conejo"

El canibalismo como personificación del trauma familiar.

"Raw" narra la historia de Justine (Garance Marillier), una estudiante de veterinaria que pese a ser vegetariana tendrá que lidiar con los impulsos irrefrenables de hincarle el diente a todo tipo de carnes...

La directora francesa, Julia Ducournau, ataca al espectador con una grotesca representación, en el mejor de los sentidos, de la autofagia como manifiesto de los problemas internos que nacen para ser engullidos, pese a las más que probables arcadas; hechos que se ven acompañados de la mano de su hermana Alexia (Ella Rumpf), también estudiante de veterinaria y quien padece los mismos síntomas que Justine.

Hasta este punto, es plausible descartar cualquier coincidencia y empezar a ver este trastorno como algo que nace, se alimenta y crece del núcleo familiar. Desde el comienzo de la película se nos muestra la imagen de una madre controladora que revolotea por la historia de forma puntual interviniendo siempre para agarrar con fuerza la correa metafórica que portan sus dos hijas. Imagen que se retroalimenta cuando ambas, echándose en cara los trapos sucios, terminan usando como insulto el "te pareces a mamá". El padre es un sujeto paciente, prácticamente ausente, que solo sirve para desvelar el secreto oculto de la familia. Esto me desagrada profundamente, pues siento que explicar el origen de un conflicto transgeneracional en los últimos cinco minutos de la película parece suponer que el espectador no ha sido capaz de pensar por sí mismo durante la hora y cuarenta que dura la cinta.

Sea como fuere, "Raw" juega de forma exquisita con la pulsión sexual, llevándola al límite de la brutalidad carnal y rompiendo toda barrera entre la necesidad de devorar aquello que amas, aquello que necesitas y aquello que te reclama. Las lágrimas se han convertido en sangre y los corazones rotos son heridas mordisqueadas; la depresión, la autoexigencia, los miedos e inseguridades que te carcomen cada día, se transforman en vísceras y riñones de conejo, pedacitos de carne que vas ingiriendo a placer, de forma inconsciente, hasta que te ves sumido en la más absoluta de las perdiciones, en un limbo donde solo ansías devorar, devorar y devorar, y donde el hambre necesita ser saciado de la única forma que sabes, tragándotelo.

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