Lazzaro feliz, de Alice Rohrwacher: "Querubín sin cielo"
El órgano de la iglesia acaricia el rostro del Cristo crucificado. Los esclavos entran, chasqueando las cadenas, embarrando el suelo pulido, movidos por un canto celestial. Los expulsan del paraíso, pero un querubín roba la música del cielo.
Alice Rohrwacher, en Lazzaro feliz, articula un hermoso cuento donde el tiempo y el espacio se abstraen por completo, donde el rostro del milagro renace para ser apaleado. La película nos sitúa en un pueblo ficticio de Italia, La Inviolata, incomunicado del mundo por las inundaciones que cercaron el lugar. Lazzaro, un joven campesino de mirada inocente, resucita tras caer por un acantilado, pero al regresar a su hogar, descubre que todos sus habitantes han desaparecido. El chico, como Dorothy Gale, camina sobre el asfalto para encontrar a su familia y amigos.
El estilo costumbrista de la directora acentúa la magia del relato. Cada plano exhala un aroma distinto, ya sea el de la humedad de la tierra, el sudor que perfila el rostro de los campesinos, las patatas requemedas, el viento que acompaña el aullido del lobo… La cámara recorre los campos de la Italia rural —ese paisaje lunar descrito por Tancredi, el hijo de la marquesa—, donde la miseria y el hambre se embadurnan con un aura de leyenda y la explotación salta de las páginas de la fábula para mostrar una realidad encarnizada. Frente a esa naturaleza que aún late, la ciudad —un engranaje de almas errantes— surge como la prolongación de ese mundo injusto, donde la libertad sigue siendo un sueño postergado.
Pese a que el mundo se atragante con las sombras que nos abandonan, Alice Rohrwacher logra preservar la mirada, aún pura, de un chico cuyo destino debería haber trascendido, porque en la tierra de los mortales solo queda espacio para lágrimas con sabor a humo.
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