Alemania, año cero, de Roberto Rossellini: "La política no es cosa de niños"


Infancia e ideología en Alemania, año cero.


Roberto Rossellini, referente del neorrealismo italiano, cierra su trilogía de la guerra antifascista (Roma, ciudad abierta y Paisà) con Alemania, año cero, una obra que, a diferencia de las dos anteriores —situadas en la Italia de posguerra—, se localiza en las ruinas de la ciudad de Berlín, de la mano de su joven protagonista, Edmund, un crío de doce años que ha de buscarse la vida para llevar dinero a un hogar roto.


La película de Rossellini se abre en canal para sacar de las sombras a los monstruos que formaron parte de aquella maquinaria ideológica que dominó buena parte de Europa bajo los ideales del miedo y la intolerancia. El mejor ejemplo de ello es la mansión del general: un espacio que casi parece sacado de La familia Addams, un reducto de aristócratas del antiguo orden nazi, que permanecen sentados en sus divanes, contorsionándose sobre una alfombra cubierta de polvo y que viven ajenos a un mundo que intenta recomponerse del caos al que ha sido sometido. La mansión funciona así como el último vestigio de lo que Europa podría haber sido si el Tercer Reich no hubiese sido derrotado, un lugar sombrío que, desde el primer instante, pone los pelos de punta por la inquietante predilección que todos en esa casa muestran por abrazar al pequeño Edmund. En especial, su antiguo profesor del colegio, un hombre apartado de la enseñanza por su cercanía ideológica al régimen derrotado, una figura que encarna para Edmund los supuestos “buenos tiempos” del pasado. Un guía envenenado que terminará por arrastrar al niño hacia una concepción del mundo que no comprende, pero que asimila con la peligrosa naturalidad de quien aún no ha construido un pensamiento propio.


Al salir de esa mansión de dinosaurios ideológicos, queda claro que la arquitectura se convierte en un fuerte componente dramático de la trama. Los espacios interiores resultan angostos y asfixiantes, mientras que el exterior aparece cubierto de ruinas que no hacen más que amontonarse a ambos lados de la calle. Los soldados estadounidenses se fotografían allí donde fue incinerado el cadáver de Hitler y los niños juegan en las fuentes de las plazas. La cámara acompaña a un crío que intenta comprender lo que le rodea, que se ve obligado a pensar como un adulto pese a su edad. Ese estilo sobrio y contenido convierte la observación de nuestro protagonista en una experiencia incómoda, donde el silencio del alma y el ruido ambiental conducen a un final profundamente desesperanzador.


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