El apartamento, de Billy Wilder: "Una última partida y luego…"


El final de El apartamento, donde Billy Wilder reúne por primera vez al tándem formado por Jack Lemmon y Shirley MacLaine —la pareja volvería a coincidir en Irma la dulce—, juega con las emociones del espectador de una forma descarnada y, al mismo tiempo, se erige como un maravilloso ejemplo de maestría cinematográfica, en el que se condensa, en un gesto mínimo, todo el humanismo, la ironía del pupilo de Lubitsch y la melancolía que atraviesan la película.


Confundir al espectador es propio del maestro de la comedia estadounidense y, en esta ocasión, como si de un trilero se tratase, va insertando los elementos en escena a cuentagotas: una pistola llena de polvo, una botella de champán sin abrir, un juego de cartas, un sofá con una única parte hundida, un rostro sumido en la pesadumbre… Tras esto, Wilder nos lanza al ruido de la fiesta de Año Nuevo, donde Fran (Shirley MacLaine) parece entender que su destino no es estar junto a Jeff (Fred MacMurray), sino con el bonachón, pero retraído, señor Baxter (Jack Lemmon). 

Los gritos, la multitud, las risas y abrazos festejando la entrada del nuevo año distan bastante de la realidad que encontramos en el apartamento: Un silencio mortuorio que se deshace con la llegada de Fran, pero que termina helándonos la sangre al escuchar el estruendoso sonido de lo que parece ser un disparo. Todo apuntaría a un suicidio: Baxter no soportó el peso de la soledad, no pudo comprender cómo la señorita Fran prefirió la compañía del canalla de su jefe en lugar de alguien que la ha amado, la ha cuidado y la ha respetado en todo momento. 


La puerta se abre… Aquí la magia del cine de Wilder hace su efecto. Ambos se reúnen, casi como adolescentes en su primera cita, y ante la sorpresa de Baxter, Fran le propone jugar a las cartas. Un final que podría pasar inadvertido, de no ser porque genera la misma sensación que el de El graduado. Una profunda angustia por no saber qué nos depara el futuro. Como diría el poeta chileno Óscar Hahn: «Y ahora / qué haremos tú y yo / tomados de esa mano / que termina en un cuerpo / que no es el nuestro». 


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