No other choice, de Park Chan-wook: "Una flor en el culo"
No other choice, el nuevo thriller de Park Chan-wook, ha aterrizado en los cines de toda España —una gran fortuna, si me permiten la euforia esporádica— y su recibimiento, al menos por el momento, no ha dejado indiferente a nadie: salas con butacas llenas de espectadores dispuestos a entregarse a la majestuosa mente del que fuera el creador de Oldboy (2003) y La doncella (2016).
La película se centra en el punto de inflexión de Yoo Man-su (Lee Byung-hun), un trabajador de una empresa de papel que acaba de ser despedido tras veinticinco años sirviendo con lealtad a la compañía. El cabeza de familia, asfixiado por las deudas y el miedo de no poder darle a sus hijos la vida de privilegios que se merecen, toma la decisión de buscar a sus posibles competidores y, de tal modo, abrirse un camino recto —aunque ciertamente farragoso— para encontrar un puesto de trabajo que le permita mantener su estatus.
Si bien la película dialoga de manera clara y transversal con toda la filmografía del director, en esta ocasión destaca especialmente la apuesta por un humor negro descarnado y exagerado que, acompañado de canciones como “Red Dragonfly”, de Cho Yong-pil, y de influencias del cine más crítico —e incluso social— de Yu Hyeon-mok, como Obaltan (1960), junto con un contundente mensaje sobre los derechos de los trabajadores, la convierten en una obra para disfrutar y seguir masticándola en la mente tras haber termiando el visionado.
Pero no todo lo que brilla es oro. El arranque de la película es espectacular, tiene una fuerza narrativa y visual que se derrama por toda la pantalla. Park Chan-wook te obliga a verte reflejado en los ojos de ese hombre en paro que solo busca un futuro mejor —quién no—, tanto para él como para su familia. El director se nos lanza a la yugular: ¿Tú no lo harías? ¿No matarías por un puesto de trabajo? ¿Preferirías ver a tu familia en la calle? Parecen preguntas demasiado agresivas, demasiado incómodas para responderlas sin tragar saliva, pero la realidad es que nos encontramos en un sistema que provoca esta competitividad deshumanizadora, donde muchas veces la meritocracia depende no de los logros individuales sino de los másteres que papá ha podido pagarte. Sabe lidiar con este hilo narrativo de forma brillante, haciendo que empatices tanto con el asesino como con las futuras víctimas, algo que solo él es capaz de hacer. La cuestión es la siguiente, el último tercio de la película se desinfla hasta el punto de rozar el deus ex machina o, como se conoce en mi casa, “tener una flor en el culo”. Y quizá, por ello, el cierre te deja un sabor agridulce en el paladar, pero que intenta suplirse con una hermosa melodía tocada con el violonchelo.
Es una gran oportunidad para aquellos que aún no hayan visto nada de la filmografía de Park Chan-wook. Vayan al cine, miren la gran pantalla durante dos horas y poco, déjense fluir por la oscuridad y la extraña magia oculta entre las butacas y sean ustedes testigos de lo que he intentado relatarles.

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