Orwell: 2+2=5, de Raoul Peck: "El arte sí es política"
Hoy, 28 de febrero de 2026, mientras los EUA e Israel apuntan sus armas al pueblo iraní; mientras Afganistán y Pakistán se declaran la guerra abierta; mientras el pueblo cubano se muere de hambre hasta la más pútrida inanición; mientras la Franja de Gaza se ha convertido en uno de los mayores cementerios del mundo; mientras, hace escasos días, se cumplieron cuatro años del inicio de la guerra en Ucrania; mientras directores de la talla de Win Wenders sostienen que el arte ha de ser empático y mantenerse alejado de la política, un documental como Orwell: 2+2=5 cobra más sentido que nunca. La película nos propicia semejante golpe en las narices que, aunque quisiésemos, sería inútil esquivar la tan alarmante realidad en la que se ve envuelta la humanidad.
El documental del director haitiano, Raoul Peck, sigue la trayectoria del escritor británico George Orwell, de la mano de la voz en off del propio autor—interpretada por Damian Lewis—, quien va leyendo entradas de sus diarios y reflexionando en torno a la persistencia del autoritarismo en la historia reciente.
La obra se articula en capítulos titulados a partir del lema del régimen de Oceanía, presente en 1984, la última novela de Orwell: «La guerra es la paz; la libertad es la esclavitud; la ignorancia es la fuerza». Orwell: 2+2=5 se construye mediante una sucesión de imágenes de archivo que establecen un inquietante paralelismo entre el ascenso del fascismo y el comunismo en el primer tercio del siglo XX y la reciente ola ultraconservadora que azota a buena parte de Occidente.
Una de las características de la película es su falta de pudor a la hora de mostrar imágenes capaces de herir todo tipo de sensibilidades: cayucos en llamas mientras decenas de refugiados se arrojan al agua para no morir quemados —pese a la certeza de que acabarán ahogándose en las aguas del Mediterráneo—; la imagen de un crío sin vida tendido en la playa de algún lugar olvidado; la violencia producto de los regímenes totalitarios; la recreación de la respiración entrecortada de George Floyd mientras era brutalmente asesinado por la policía estadounidense; pilas de cadáveres amontonados tras el genocidio rohinyá…
Siento que, mientras el mundo del cine se enreda en discursos heredados del miedo y de la falta de valor para alzar la voz, como el caso de España, donde siendo hoy la gala de los Goyas se premia a una película en la que se afirma que el Sáhara Occidental es parte de Marruecos y no un Estado libre y soberano como debiese, se hace necesario dejar de repetir hasta la saciedad que «arte» y «política» son cosas distintas. Pretender separarlos es, en sí mismo, un gesto político.
El artista ha de filmar, escribir, moldear, pintar, cantar y recitar cada nombre de los inocentes fallecidos; no para cambiar la forma de pensar de quienes nos gobiernan —jamás lo harán—, sino para mostrar al pueblo las atrocidades que seguimos cometiendo como sociedad en nombre de religiones, de generalísimos endiosados o de posturas fanáticas que no hacen sino agravar la polarización que se respira en el ambiente. Un ambiente en el que cada vez se teme menos hacer el ridículo y proclamar a los cuatro vientos que todos somos iguales, aunque algunos sean más iguales que otros, como advirtió Orwell.
Para mi gusto, el documental resulta poco combativo, pese a mostrarse tajante en ciertos aspectos, como la idea de la «máscara» que los sistemas de poder imponen al lenguaje. Ahí está el uso de aliens en Estados Unidos para referirse a los migrantes; inflación como término aséptico para hablar del encarecimiento de los bienes básicos; austeridad como eufemismo de los recortes al Estado del bienestar; y un largo etcétera de palabras diseñadas por los charlatanes para alterar nuestra percepción de la realidad según convenga.
Seamos honestos, por favor, las grandes revoluciones se produjeron cuando la población, en masa —ese temido 99% al que se asfixia con propaganda y bulos, ahora llamados fake news porque nos fascina enmascarar nuestro propio idioma—, comprendía que ya no tenía nada que perder y se alzaba contra sus tiranos.
¿Qué padre o qué madre se levantará contra el sistema sabiendo que tiene una familia a la que alimentar, una hipoteca que pagar y un perro al que sacar a pasear? ¿Quién, en su sano juicio, saldría a la calle sabiendo que, aun si el régimen cayese, quizá no estaría allí para verlo? Ciertamente, el documental es desesperanzador; la humanidad, en sí misma, también parece serlo, a los hechos me remito. Pero tal vez sea mi flagrante idealismo utópico el que se resiste a aceptar que nada puede cambiar, incluso cuando la violencia da la impresión de no extinguirse jamás.
Ahora más que nunca, gritemos a pleno pulmón que el arte es política.

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