Romería, de Carla Simón: "Camino equivocado"


Si bien dicen que las segundas partes tienden a flojear, es porque muchos ni siquiera llegan a las terceras. Romería, la nueva película de la directora catalana Carla Simón, cierra su trilogía familiar tras Verano 1993 y Alcarràs. En esta ocasión, la película acompaña a Marina en su viaje a Vigo para conocer a la familia de su padre biológico y comprender —si acaso es posible— su propio origen. 


Romería se presenta como un camino hacia la búsqueda de la identidad, un laberinto de enredos familiares, silencios incómodos y secretos que obligan a desviar la mirada. Sin embargo, lo que en un principio promete un recorrido emocional complejo termina diluyéndose en una narración errática, incapaz de transformar esos conflictos latentes en una verdadera tensión dramática. Ese trayecto, que debiera ser íntimo y revelador, acaba resultando mucho menos satisfactorio de lo que cabría esperar, pues, más que una romería, termina pareciendo un auténtico viacrucis para el espectador. La falta de calado emocional en los personajes convierte la obra en un desierto de ideas. Y lo más probable es que se busque deliberadamente esa falta de empatía hacia una familia ausente, vista desde los ojos de una huérfana que se enfrenta a un terreno hostil, donde el sida —como ya ocurría en Verano 1993— es el tema tabú del que nadie habla pero todos conocen. 


Aun así, la mano de Carla Simón resulta magistral a la hora de dirigir escenas tan delirantes como sorprendentes —especialmente cuando Marina se droga por primera vez—, momentos en los que las palabras difícilmente podrían hacer justicia a unos planos donde lo espiritual se entrelaza con lo humano; imágenes que uno lamenta no encontrar con mayor frecuencia, porque todo viaje es extraño por naturaleza. Quizá podría haberse apostado por una estética menos costumbrista y haber jugado con la multitud de posibilidades que ofrece una tierra como Galicia y un océano como el Atlántico. Sea como fuere, hay un mensaje hermoso, pero difícil de digerir: a veces, no todos los peregrinajes conducen a un descubrimiento, pues algunos solo confirman que el camino elegido era el equivocado. 





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