Late fame, de Kent Jones: "La sociedad del entusiamo"
¿Y si el tiempo no sana las heridas del pasado? ¿Y si, en realidad, solo las conserva en salmuera hasta que están listas para reabrirse? Tal dilema se plantea, de forma esquiva y poco concreta, en Late Fame, la nueva película del director y crítico estadounidense Kent Jones.
La película, basada en la novela homónima de Arthur Schnitzler, nos presenta a Ed Saxberger, un funcionario de correos que, en su juventud, publicó un poemario y que, una vez retirado del mundillo bohemio neoyorquino, experimenta por primera vez en su vida la sensación de ser reconocido por su obra y admirado por un grupo de jóvenes artistas adinerados que se hacen llamar la Sociedad del Entusiasmo.
Late Fame, a mi modo de ver, funciona como una película autoparódica, es decir, una obra que se jacta de aquello de lo que intenta reírse, que no es más que esa falsa concepción de que el arte puede llevarse como un pin en la solapa de la americana. Señala a los niñitos de papá que buscaron en la escritura, la música o la pintura no una forma de vida, de crecimiento o de identidad, sino un oficio liberal que les diese la posibilidad de ser considerados rebeldes dentro del sistema hiperestratificado actual.
Pero siento que esta idea, que pudiese resultar atractiva en un principio, puede terminar volviéndose naíf según la forma en que se plasme y, he aquí el gran dilema que tengo a la hora de reflexionar acerca de la película: todo pasa muy desapercibido; tanto, que es muy fácil olvidarse de ella. Quizá nadie sabría de su existencia si no hubiesen participado Willem Dafoe y Greta Lee, dos actores de una fuerza descomunal que no consiguen desenvolverse de lleno en esta ocasión.
Gloria (Greta Lee) —una Sally Bowles pasada de rosca— parecía ser el contrapeso perfecto, por su aura enérgica y deslumbrante, de un Ed Saxberger (Willem Dafoe), el introvertido y soñador poeta que ha acabado dejando la pluma para coger cartas ajenas; pero, por mucha poesía que reciten, por muchas frases elocuentes que suelten, por mucho que idealicemos a ambos personajes, la verdad es que nacieron para no ser recordados.
Deme la oportunidad, director, de empatizar con los niños ricos que se creen artistas, démela aunque sea para engañarme, para pensar que esos pijos redomados también tienen problemas —problemas de blancos, sí, pero problemas—, también sufren el inexorable paso del tiempo; déjeme creerme que sus vidas están tan vacías que solo pretendían buscar la aprobación del mundo, de sus papis o de su profesor de quinto de primaria que les dijo que no llegarían a ningún lado, déjeme creer que solo ven el arte como un medio para alcanzar un objetivo sin necesidad de que ello los convierta en monstruos enajenados, solo en productos perfectos de la sociedad entusiasta a la que hemos sido condenados. Es fácil señalar el problema, es tentador ridiculizar a los culpables de que de forma diaria se banalice el arte hasta el punto de desprenderle toda capa social y política y ser vista como un elemento decorativo, una mera lamparita que ilumina el salón o un cuadro que hace bonito en mitad de la sala.
Es un error plantear temas tan profundos como los que puedan extraerse en la obra de una forma tan maniquea y poco sustentada, es un error acabar una película que aspira a ser un fragmento de la realidad cotidiana de muchos artistas “fracasados” con un mensaje tan simplista que pudiese resumirse en un: “Así es la vida”.
Quizá “así sea la vida”, quizá el sistema meritocrático ha tocado techo y el paso del tiempo no restablezca el orden natural de las cosas; puede ser que vivamos en una época tan enferma que veamos la poesía como una sopa de letras, tal vez la escritura haya perdido su fuelle, su alma de mover corazones puros… Chorradas. Ahora más que nunca hemos de volvernos poetas y desempolvar los libros que escribimos en nuestra juventud; ahora más que nunca toca recitar en voz alta cada verso de una vida pasada, pero esta vez, hagámoslo para ser recordados, para que, como le pasará a esta película, no seamos olvidados.

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