Mile End Kicks, de Chandler Levack: "Mi loco verano en Montreal…"
Hacía tiempo que no veía una película que se enorgulleciese tanto de seguir a rajatabla todos y cada uno de los clichés propios de las comedias románticas: el chico malo por el que todas babean —aun a sabiendas de que el tipo es un cabrón—; el simpático del grupo que está enamorado de la prota, pero al que se le considera un amigo más, pese a que al final le haga tilín y termine enrollándose con él; la chica “patito feo”, que empieza siendo una joven ingenua, pero con grandes proyectos de vida, y termina encontrándose a sí misma a través de un viaje innecesario, que te lo pintan como la experiencia más trascendente que un ser humano pueda tener…
Mile End Kicks, película de la directora canadiense Chandler Levack —quien ganó gran reconocimiento gracias a su anterior film, I Like Movies (2022)—, cuenta la historia de Grace Pine (Barbie Ferreira), una crítica de música que se muda a Montreal para escribir un libro sobre el álbum Jagged Little Pill, de Alanis Morissette. Durante ese verano tendrá varios objetivos que cumplir: terminar el libro, aprender francés, subir a lo más alto de la ciudad, tener sexo de verdad y enamorarse.
Como toda buena comedia romántica que se preste, ha de haber un triángulo amoroso: ahí está el vocalista macarra (Stanley Simons) del grupo de rock con el que se junta y el bajista friendzoneado, interpretado por Devon Bostick —mejor conocido por ser el hermano mayor de Greg Heffley en Diary of a Wimpy Kid (2010)—. Una historia sosa que, desde que comienza, no hace más que provocarte la sensación de que se termine de una condenada vez.
No empatizas con los personajes; si acaso, con el que interpreta Devon Bostick, pero tan solo porque es un pringado fumeta que se declara ante la prota y es rechazado de la peor manera para luego, a través de un extraño juego psicológico, terminar enrollándose con ella en la furgo de la banda. De verdad pensaba que la película se estaba riendo de sí misma; de verdad quería creerlo, pero fue llegar a ese punto y darme cuenta de que el único estúpido era yo por seguir sentado en la butaca.
Ahora bien, al César lo que es del César: la gente se meaba de risa. No sé si es que era el público de Pasapalabra o que esa noche cenaron bien, pero la gran mayoría estaba viviendo el mejor momento de su vida —nótese que digo “la gran mayoría”, porque yo me encontraba en esa minoría silenciosa—. Pensé que el que tenía el sentido del humor atrofiado era yo, pero lo cierto es que no; aún tengo las ganas suficientes para reírme de mí cada vez que me veo al espejo.
En definitiva, si quieren perder ciento once minutos de su vida —la duración exacta de la película—, mejor háganlo en el bingo; al menos estarán alimentando una estafa piramidal antes que apoyar un cine que nació para morir.
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