Obex, de Albert Birney: "Undertale, la película"


Toda retroaventura parte con una sinfonía característica, o eso debiese ser. Aún recuerdo la primera vez que jugué Undertale, desarrollado por Toby Fox: pantalla en negro en la que se escucha “Once Upon a Time”, canción creada también por el propio Fox. Ver Obex, la última película de Albert Birney, ha supuesto rememorar aquellos días en los que escuchar chiptune era una rutina, pese a pertenecer a una generación que, en teoría, ya había superado el píxel para sustituirlo por retratos hiperrealistas. 


Obex es un homenaje al VHS, a los disquetes de videojuegos, a la caja tonta —como dice mi abuelo—, a las horas en que una pantalla sirvió como única compañía, a las historias que nos rompieron pese a su “simpleza” técnica. Narra la vida de Conor Marsh, un hombre ermitaño cuya rutina gira en torno a dos elementos: estar frente a una pantalla, ya sea la del ordenador o la de los múltiples televisores que plagan la casa, y estar junto a su perrita Sandy. 

Un día ve, en una revista de videojuegos —ahora convertidas en ejemplares de colección— un anuncio para participar en un proyecto de videojuego donde —al más puro estilo Jumanji— el protagonista eres tú. 

Jugando constantemente con la delgada línea que separa la realidad de la ficción, Birney termina introduciendo a Conor Marsh (interpretado por el propio Albert Birney) en Obex, un mundo de fantasía subyugado por la ira del demonio Ixaroth, quien ha secuestrado a Sandy.


Dejando el fantasma de la nostalgia a un lado, hay que reconocer que la película tiene un estilo muy marcado, producto de una mente tan fascinante como la de Birney, alguien con una gran base cinéfila y cargado con una mochila de referentes culturales del mundo del videojuego o, incluso, de la literatura. 

Para entender Obex hace falta haberse empapado del cine surrealista de Lynch, que, más que respuestas, solo da migrañas orgásmicas; del bagaje friki traído por los videojuegos y los juegos de mesa; de las aventuras caballerescas al más puro estilo quijotesco; de ensayos que analizan el camino del héroe, como El héroe de las mil caras, de Joseph Campbell; del cutrismo del que la película se enorgullece en hacer gala; de la animación en píxel; de las horas frente a la pantalla jugando un roguelike; de un largo etcétera de referencias que se plasman de forma inteligente a lo largo de la obra. 

No hay duda alguna de que cualquier persona que la vea podrá percibir el enorme cariño que se ha depositado en crearla. Más que una película, es un trabajo de orfebrería: el de un artista en toda regla que consiguió lo que muchos intentan, encontrar su propia voz.


Pero no todo brilla en el horizonte del héroe y, mucho menos, en esta película. El tempo narrativo no está bien gestionado, lo que provoca dos cosas: o sentir que la historia avanza muy lenta o, precisamente, que nunca parece arrancar del todo. Se dedica demasiado tiempo a presentar la rutina del personaje. Pudiese justificarse con esa idea de lentitud o apatía que muchos hemos sentido al no encontrar, fuera de nuestra realidad, nada más llamativo que un videojuego que te dé la oportunidad de ser un héroe. 

Y resulta paradójico sentir que el comienzo se hace lento cuando el final es todo lo contrario. No es spoiler decir que toda gran aventura termina con un final boss; aquellos duchos en el tema lo habrán supuesto desde el momento en que se mencionó a Ixaroth. Uno espera algo glorioso, un cierre a la altura de nuestro héroe, pero resulta francamente decepcionante, propio de un anuncio de venta de seguros…


Seamos sinceros, que una película como Obex siquiera haya sido estrenada ya es una victoria en todos los sentidos. Puede no ser del agrado de todos los públicos, por lo enigmática y hermética que pueda llegar a ser, pero denle una oportunidad a una obra que pretende salirse de los cánones que imperan en un arte maltrecho por las industrias monopolizadoras. 

Conor Marsh tuvo que enfrentarse a Ixaroth para salvar a su perrita; ahora nos toca a nosotros enfrentarnos a los duros de mente, a los chupatintas del montón, a las pajaritas de gala y llegar al The End para escuchar la música de los créditos.






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